Cuentos budistas para ir a dormir

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Ya se acercan las fechas navideñas, y los niños ya empiezan pensar en los regalos de los Reyes. Aquí os dejo una sugerencia para los que les gusta ver también libros bajo el árbol de Navidad. ¿O acaso no son los libros también juguetes?

El libro…
Comienza con una introducción acerca de la filosofía budista, una pequeña biografía de Buda y hasta nos explica la magia de la meditación. Esta parte está dedicada a los padres, vosotros decidiréis hasta dónde queréis llegar con vuestros niños! La verdadera importancia del libro se encuentra en las historias que narra, todas ellas asociadas a una enseñanza (empatía, generosidad, confianza en uno mismo, etc). Generalmente trata de la lucha entre el bien y el mal, y cómo el bien siempre sale victorioso.
Al final del libro podemos encontrar un índice de los valores que se trabajan en cada historia. De este modo elegiremos leer el cuento que trata sobre la paciencia cuando nuestro hijo nos pida todo ¡PARA YA! 
El autor es Dharmachari Nagaraja, un escocés que trabaja en el Reino Unido difundiendo las enseñanzas budistas. La editorial es ONIRO
¿Por qué lo he elegido?
– Porque las historias son de la longitud perfecta para leerles antes de dormir. Ni demasiado cortas (lo cual hace que siempre nos pidan otro cuento) ni demasiado largas (lo cual nos deja a los padres sin aliento).
– Las ilustraciones ocupan un lugar importante en las historias y son muy bonitas y con mucho colorido
– Todas terminan con una moraleja para que el niño aprenda una lección con cada cuento
– Es un libro de historias budistas, lo cual descubre a nuestros hijos esta maravillosa filosofía acerca del amor y la compasión  
Edad recomendada: a partir de 4 años
Precio: aprox. 22€

Aprende de tus hijos

Me gustaba mucho aquel anuncio que decía “Aprende de tus hijos”. Desde que me convertí en madre, no han sido pocas las ocasiones en las que me he acordado de esta frase. No hay más que pararse a observar a un niño para darse cuenta de lo descolocados que en estos tiempos estamos los adultos, acelerados por la vida que llevamos.

Lo primero que deberíamos aprender de los niños es a utilizar la imaginación, la creatividad. Ellos viven literalmente en un mundo imaginario, donde existen las hadas y las brujas, las princesas y los príncipes, los unicornios y los dragones. Los niños perciben el mundo de otra manera. Mediante el juego crean entornos y situaciones increíbles para nosotros. Se imaginan a sus abuelitos volando en silla de ruedas hacia el espacio de colores, donde viven un sol y una sola.

En definitiva, nos enseñan a despegar un poco los pies del suelo, al que nos aferramos con empeño. Vivimos adheridos a materialismos que hemos creado nosotros mismos, y a menudo los problemas del trabajo nos paralizan. Si dedicásemos al menos 15 minutos al día a jugar con nuestros hij@s ganaríamos mucho. No sólo haciéndoles felices, sino que aprenderíamos mucho de ellos.

He comentado anteriormente que los niños no ven el mundo como nosotros. Además, tampoco se expresan como nosotros. Los niños son los reyes de la sinceridad: “Abuela, ¿tú cuándo te vas al cielo?”. O esta frase tan perjudicial para la autoestima de una madre: “Mamá, tu barriga está un poco gordita, ehh??”. También los niños son capaces de expresar alegría y tristeza, odio y rabia en cualquier momento y lugar, sin ningún pudor. Esta característica en muchas ocasiones nos puede parecer odiosa (véase cuando se tiran al suelo en la cola del supermercado cuando no les compras un caramelo). Otras sin embargo nos hace darnos cuenta de cómo se están sintiendo. “Mamá, lloro porque me ha puesto triste que Juan no quiera jugar conmigo

Esta transparencia en sus emociones es la manera que utilizan para relacionarse con su entorno, y para hacernos ver cómo se sienten. Atendiendo al niño cuando se expresa libremente le estamos demostrando que nos importa, y nos permite explicarle el porqué de las cosas (Juan ahora no quiere jugar porque ha venido su papá y quiere jugar con él un rato).

En resumen, cada día nos ofrece un sinfín de oportunidades de descubrir un mundo nuevo de la mano de nuestros hijos. No desperdiciemos esta oportunidad bajo el pretexto de que no tenemos tiempo. No perdamos la ocasión de volver a ser niños y de aprender de nuestros hijos a recuperar la imaginación que un día sin saber cómo perdimos. Tampoco dejemos de llorar y reír un poco cada día. De este modo dejaremos salir de nuestro interior sentimientos que se quedaron estancados el día en que, sin saber cómo, nos hicimos mayores.